Política o economía: ¿quién manda aquí?

El debate está en la calle y cada vez más vivo. ¿Las decisiones políticas están tan condicionadas por la realidad económica que sólo pueden ser las que son?
Eso parece, al menos en Europa donde gobiernos de distintos colores o incluso “técnicos” terminan tomando el mismo tipo de decisiones. ¿No queda otro remedio o es que la política está cautiva?
 Desde el punto de vista teórico, casi todo el mundo estará de acuerdo en que la política y la economía son dos esferas del ámbito social que tienen una cierta autonomía pero al mismo tiempo al mismo tiempo una fuerte interdependencia. Pero si nos preguntamos cómo debe ser esa interdependencia, la cosa empieza a complicarse: ¿pensamos en dos esferas más o menos iguales? o en tiempos de crisis ¿debe imperar la economía sobre la política? ¿o tal vez al revés?

Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares y de la Economía de Comuión, que tenía una concepción muy elevada de la política al servicio de la sociedad, lo expresaría con una hermosa imagen: “Si a cada actividad humana (la economía, el arte, la ciencia, la espiritualidad, el deporte…) le asignáramos un color, la política no tendría ningún color, porque sería el fondo que da relieve a esas actividades y las pone en relación”. Es decir, la economía pertenece al ámbito de lo múltiple y la política al ámbito del uno, pues está llamada a ser la síntesis de todas las actividades. Es una intuición profunda y muy útil para entender lo que está pasando.

Hasta hace unas décadas, hasta el fenómeno de la globalización, en nuestro mundo occidental más o menos las cosas eran así: la política se ocupaba de los fines (del bien común) y la economía era el medio para alcanzar esos fines. Cuando la economía se excedía, la política tenía la misión de corregir y regular esos excesos.

La globalización, con la ayuda del proceso de desregulación económica que comenzó hace unas décadas sobre todo en Estados Unidos y el Reino Unido, ha hecho que esa relación se invierta. Ahora la economía, en particular un determinado tipo de economía, la capitalista neoliberal, es la que se ocupa de los fines. La política, los gobiernos, se han convertido en el medio, en el instrumento para ejecutar las decisiones de las grandes corporaciones y los grandes bancos que han adquirido dimensión y poder globales.

El modelo capitalista imperante, que intenta convertirse en modelo único, es intrínsecamente excluyente y genera desigualdad económica y social. Y sobre todo, no es democrático, porque las decisiones no se toman entre todos sino que las toman aquellos que poseen el capital. Esa es probablemente una de las causas principales de la disminución de la participación ciudadana en los procesos electorales, además evidentemente de la corrupción. La gente se da cuenta de que su voto sirve para poco, sobre todo cuando se trata de elegir representantes para instituciones que el ciudadano cada vez siente más lejanas e inoperantes.

Es urgente que la política y la economía recuperen el lugar que les corresponde por naturaleza.

Para ello es imprescindible promover, difundir y facilitar el diálogo entre todas las expresiones de economía civil, que conciben la economía como un factor de civilización, de inclusión y de desarrollo humano integral.

Un primer paso lo acabamos de dar recientemente de la mano del Movimiento Político por la Unidad, que ha organizado en Andoain (Guipúzcoa) una jornada sobre economía social, en la que, además de la Economía de Comunión, ha participado el movimiento cooperativo de Mondragón y un innovador modelo de empresas participadas por los trabajadores. Y resulta que hay mucha vida más allá del modelo capitalista dominante. Mucha vida que no se conoce ni se valora lo suficiente.

Ojalá la experiencia se repita, se multiplique y el diálogo fructifique en propuestas concretas y conjuntas. Nos jugamos mucho en ello: la economía o es civil y construye la sociedad o es incivil y la destruye. No hay término medio.

 

 

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