Trabajo, don y gratuidad. El reto de nuestra sociedad

sociedad del consumo frente a la sociedad de la comunión
La crisis económica ha puesto de manifiesto una alteración en la escala general de valores. ¿Dónde situamos el trabajo? Artículo de Isaías Hernando publicado en Ciudad Nueva

«No existe peor pobreza material que la que no permite ganarse el pan y priva de la dignidad del trabajo. El desempleo juvenil, la informalidad y la falta de derechos laborales no son inevitables, son resultado de una previa opción social […] tenemos que sacrificar una generación de jóvenes, descarte de jóvenes, para poder mantener y reequilibrar un sistema en cuyo centro está el dios dinero y no la persona humana». Son palabras duras, pero certeras, del papa Francisco (Mensaje a los participantes en el encuentro mundial de movimientos populares, 28/10/2014).

 

¿Trabajar o vivir de las rentas?

En efecto, el trabajo en las últimas décadas ha sido progresivamente desplazado del centro de la vida económica, política y social, para quedar al servicio de la generación de rentas. El problema es que, cuando se desplaza el trabajo, se desplaza a la persona e inevitablemente se generan nuevos mecanismos de explotación de la fragilidad humana y nuevas pobrezas.

 

En los años anteriores a la crisis, muchas empresas, con la complicidad de una política industrial miope, dejaron de invertir en proyectos productivos para invertir en las finanzas, porque reportaban más beneficios. Los españoles nos lanzamos a una locura consumista, como si se nos hubiera olvidado que la riqueza verdaderamente fecunda, la que crea bienestar compartido para todos, es la que nace del trabajo. La razón tal vez sea que el trabajo lleva inevitablemente asociado un componente de esfuerzo y de cansancio, y es fácil caer en la tentación de pedirle al consumo el bienestar que solo el trabajo puede dar, pero sin su dureza.

 

Hoy nos damos cuenta de que ese camino no era el adecuado y buscamos alternativas para salir de esta situación. Una de ellas, protagonista de numerosos y animados debates en los medios de comunicación, es la renta básica de ciudadanía, que podría tener sentido para garantizar el derecho de toda persona, por el mero hecho de ser humana, a no morir de hambre y vivir con un mínimo de dignidad. Pero resulta bastante triste comprobar cómo en la mayoría de los argumentos utilizados en esos debates para defenderla se esconde la misma tentación de vivir de las rentas y restar valor al trabajo. La cuestión no es solo cuadrar los números para saber si nos lo podemos permitir, sino no volver a caer en el mismo error de pedirle al consumo lo que solo el esfuerzo y el trabajo pueden dar.

 

Objetivo: «los últimos»

Para buscar alternativas serias y constructivas es necesario partir de «los últimos», es necesario un mínimo de «amor social» por quienes más sufren las consecuencias del desempleo y la precariedad. Es necesario ver a cada joven desempleado o sumido en la precariedad como un hijo o un hermano, sufrir con ellos y después pasar a la acción. Es necesario considerar el trabajo como una especie de bien común que exige sacrificar algo de lo mío para construir lo nuestro.

 

El primer objetivo de cualquier sociedad que quiera ser una comunidad de ciudadanos, algo más que una simple agregación de hombres y mujeres, debería ser crear las condiciones en las que todos puedan trabajar y ganarse el pan. Por eso son mucho más interesantes y constructivas las propuestas que tienden a buscar fórmulas para garantizar trabajo para todos, sobre todo para quienes hoy más lo necesitan. Algunas propuestas ya han entrado en el debate como alternativa a la renta básica de ciudadanía. Y a otras tal vez habría que abrirles las puertas, como a la de la politóloga canadiense Jennifer Nedelsky, que ve el trabajo en íntima relación con el cuidado de las personas, superando la división entre trabajo y empleo.

 

Su propuesta consiste básicamente en que todas las personas adultas, hombres y mujeres, tengan la oportunidad de trabajar fuera de casa a tiempo parcial y que esas mismas personas, con independencia de su clase social, dediquen doce horas a la semana a cuidar gratuitamente de otras personas, dentro o fuera de casa. Es interesante señalar que ella no se imagina el Estado o la Ley imponiendo una norma como esta. Lo que propugna es un cambio cultural, basado en los poderosos mecanismos de estima y desaprobación social que han producido otros cambios culturales.

 

Cuestión de cultura

Una cultura que diga que una vida hecha solo de trabajo (por muy importante que sea), sin tiempo para cuidar de uno mismo y de los demás, es una vida socialmente inmadura, que no merece mucho aprecio. Es evidente que este planteamiento va más allá del reparto del trabajo y tiene que ver también con una sociedad más democrática e igualitaria, y con una idea distinta de la excelencia, unida no solo a la profesión sino a toda la vida, incluida la capacidad de amar y de cuidar de los demás. El nexo que une estos dos aspectos y que es urgente redescubrir para poder construir alternativas dignas y de futuro es la dimensión del don y la gratuidad que está implícita en todo trabajo auténtico y que es la que hace que el trabajo tenga sentido y valor por sí mismo y para la construcción.

 

El primer objetivo de cualquier sociedad que quiera ser una comunidad de ciudadanos debería ser crear las condiciones en las que todos puedan trabajar y ganarse el pan.

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