La caja del cielo se abre

Testimonio de Gonzalo Perrín, joven emprendedor de EdC con su empresa Pasticcino, dentro del evento “Subsidiariedad: un compromiso empresario” que tuvo lugar en la Universidad Nacional de Rosario el 23 de octubre pasado.

Gonzalo Perrín nunca pensó que a sus 29 años sería socio gerente de una empresa que fabrica galletitas. Estudió hotelería, pero cuando conoció la EdC, se contagió de su filosofía y no dudó en dejar todo lo demás. Hoy dirige Pasticcino, una fábrica instalada en el Polo Solidaridad que confecciona 2.500.000 galletitas al mes para acompañar el café, que distribuye entre 25 cadenas de cafetería y tostaderos de café. Ya están proyectando instalar una sucursal en el Polo Spartaco, de San Pablo (Brasil).

El pasado jueves, 23 de Octubre de 2014, Gonzalo participó en la presentación de la EdC en la Universidad Nacional de Rosario (Argentina), en el marco de una jornada tituladaSubsidiariedad: un compromiso empresario”. 

Comenzó disparando: “En el 2008 renuncié a mi trabajo en Rosario y me fui a mi pueblo O’ Higgins a hacer galletitas a mi casa y así estuve varios meses, mientras se acondicionaba el galpón y se compraba la maquinaria adecuada”. ¿Qué vio en la EdC? Una vez se lo preguntaron durante una entrevista con McDonald’s (potencial cliente) y el respondió: “son amigos, que se quieren, se los ve felices y eso hace que sean exitosos en lo que hacen y en la vida…”

Desde ese momento, Gonzalo ha ido de sorpresa en sorpresa. Un capítulo especial ha sido la experiencia realizada con Charly, su colaborador no vidente que de armar cajas pasó a ser su consultor, asesor y amigo. En cierta ocasión, una persona que visitaba la fábrica le preguntó si había calculado el costo que suponía tener a este empleado. Gonzalo, a quien le gusta seguir de cerca los números, le contestó: “sí, puede ser que me resulte más caro, pero lo que vos no ves en el Balance es que Charly representa una riqueza enorme por las ideas que compartimos, los propuestas que surgen juntos y el buen clima que ha generado entre los compañeros, cosas que no se pueden medir con números pero que representan ganancias”.

Gonzalo contó también cómo se reparten las utilidades en Pasticcino: “Los dividimos en tres partes de acuerdo con los principios de la EdC; alguna vez incluso hemos llegado a pedir plata al banco para hacer nuestro aporte a la EdC”. 


Alguien se puede plantear si tal sacrificio merece la pena y si no sería lindo tener un buen auto, viajar más, una casa propia… Gonzalo lo tiene claro: “Sí, sería lindo, yo ando en la Berlingo (y a veces me parece una batata), y me subo al auto de mis amigos y digo ¡qué buen auto!, pero nunca me ha faltado nada, tengo todo lo que necesito. Las cosas más importantes de la vida no se compran con plata. Lo más valioso que tengo son las relaciones construidas a lo largo de estos años. Yo no sé cuánto durará la empresa, si 10 años, 100 años, lo que dure; cuando se termine, quedarán las relaciones, todo lo vivido. Esos son los bienes más preciosos que tengo”.

A la pregunta sobre qué le diría a otros jóvenes que quieren emprender con esta cultura, Gonzalo responde: “Mira, voy a contarles algo. Hace tiempo que intento cerrar un contrato con una gran empresa, pero hasta ahora no se ha podido concretar. Ya fui a cinco reuniones. Hace diez días fui a la sexta con una gerente y apareció una pequeña posibilidad de que se concrete. Bueno, hace 10 días que estoy como loco, pero loco loco, muy ansioso, miro a cada rato el teléfono, me pregunto mil veces si llamar o no llamar, si mandar un mensaje por el celular o por mail. Si, como los enamorados, tal cual. El sábado era el cumple de mi papá, estaba toda la familia en casa y también estaba mi abuela, de 82 años. A mí las cosas, cuando hablo con alguien, me gusta contarlas a fondo, así que decidí contarle a mi abuela, a fondo, todo lo que me estaba pasando. Y le conté de este tema de la gran empresa. Pero a fondo, fondo, a mi abuela, de 82 años. ¿Saben lo que me dijo? ‘No te preocupes Gonzalo, porque si no sale con esta empresa, es por un bien mayor’. La verdad que no sé cómo, ni por qué, pero desde ese momento tengo una paz total y ya no miro el teléfono como antes. Así que a los jóvenes les digo eso, que se lancen, que confíen, no se van a arrepentir. Las tentaciones te vienen siempre, pero nada, yo que sé, funciona, con esta otra lógica te juro que funciona, y sos feliz”.

El lunes 27 escribí un mail a Gonzalo para agradecerle lo lindo que había sido esto de salir juntos a la vida pública a contar la experiencia EdC. El miércoles 29 llegaba a mi bandeja de entrada la respuesta, que decía así: “Hola Caro, la verdad que fue muy lindo, valió la pena ir!!! Te cuento que ayer fue el cumple de mi abuela Angelita! Y te cuento que ayer, en el día de su cumpleaños, me llamaron de este cliente que tanto esperaba para decirme que me van a dar de alta como proveedor! Jaja. Vamos Pasticcino!!!”

Casi me muero… Una vez más la caja del cielo se abrió. Esa caja que únicamente se abre como consecuencia de actos de gratuidad. Y de ahí la felicidad que produce.

Dar y recibir…para volver a dar…Eso es la EdC.

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